-
Carlos Roberto Matty
- Sonora
La Secretaría de Economía volvió a desplegar el reflector sobre la Inversión Extranjera Directa (IED), presentando el dato estrella del año: 42 mil millones de dólares anunciados en el primer semestre y 41 mil millones confirmados al cierre de 2025. Cifras que Marcelo Ebrard, titular de la dependencia, exhibe con convicción casi eufórica, como si el nearshoring hubiera resuelto de golpe todas las urgencias estructurales del país. El incremento general de 15% respecto a 2024 alimenta la narrativa oficial de un México que se consolida como imán para el capital global.
Ernesto Madrid
Los números acumulados también lucen impecables: 40,960 millones de dólares en los primeros nueve meses, 14.5% más que el año pasado. Pero detrás de la euforia conviene revisar las letras pequeñas: se trata de datos preliminares, sujetos a revisión por Banco de México, ese árbitro silencioso que suele ajustar lo que la Secretaría prefiere dejar en condición de hazaña.
Aun así, algo es innegable: las llamadas “nuevas inversiones” —dinero fresco, no simples reintegros de capital ya presente— crecieron más de 200%, superando los 4,500 millones de dólares. Solo en el tercer trimestre se registraron 6,695 millones, un salto de 127.9% anual, impulsado por 3,414 millones en nuevas inversiones y 4,391 millones en cuentas entre compañías. La otra cara del dato es menos espectacular: la reinversión de utilidades pierde fuerza y algunas empresas optan por retirar ganancias antes que apostarlas de nuevo.
Estados Unidos sigue siendo el principal origen de la IED, con alrededor de 30% de los flujos; detrás vienen España, Países Bajos, Japón y Canadá. El destino preferido del capital continúa siendo la manufactura, con 37% del total, sobre todo el sector automotriz y de autopartes; después destacan los servicios financieros y la construcción, esta última impulsada por parques industriales y proyectos energéticos.
Sin embargo, la fotografía no es tan homogénea como sugiere el discurso oficial. México puede estar recibiendo cantidades históricas de inversión extranjera, pero su economía interna camina a un ritmo que contrasta con los aplausos. La manufactura apenas creció 0.2% en septiembre; el personal ocupado retrocedió 0.1% y las horas trabajadas cayeron 0.4%. La capacidad instalada al 80.8% refleja estabilidad, sí, pero también la falta de un motor interno que empuje el crecimiento.
El consumo privado —la madre de todos los mercados— avanza 0.1% en septiembre y octubre, apenas un guiño después del 0.6% de agosto. Las exportaciones hacia Estados Unidos, en cambio, parecen vivir su propia realidad: 354.9 mil millones de dólares entre enero y agosto, 6.1% más que el año pasado, y una participación récord de 17.2% en las importaciones estadounidenses. México vende más que nunca, pero eso no necesariamente se traduce en una economía más dinámica puertas adentro.
La contradicción se vuelve aún más evidente cuando se compara este “año dorado” con administraciones anteriores: sin el discurso del nearshoring, el sexenio de Peña Nieto captó ligeramente más IED que el actual, y los flujos de 2013 a 2018 superaron los de los primeros años de relocalización productiva. A ello se suma que una parte del récord de 2025 obedece a operaciones corporativas específicas, inversiones pospuestas por la pandemia y particularidades metodológicas.
La IED, además, es solo una pieza del rompecabezas. Los nuevos datos de formación bruta de capital fijo muestran que la inversión total en México equivale a 22.6% del PIB, lejos de la meta de 24% que economistas consideran indispensable para crecer de forma sostenida. Los 41 mil millones de dólares de IED representan apenas 13% de la inversión total: un complemento importante, sí, pero insuficiente para cambiar el rumbo económico por sí solo.
El desafío central permanece sin resolverse: mientras persista la incertidumbre interna —la reforma judicial, posibles cambios fiscales, la renegociación del T-MEC en 2026, reglas poco claras en sectores regulados— el empresario mexicano seguirá frenando su capital. Y sin inversión nacional, la extranjera pierde tracción.
La buena noticia es real: México está captando más dólares que nunca. La mala es que estos dólares, por sí solos, no bastan. Celebrar es válido; convertir ese récord en un punto de partida para fortalecer la inversión interna es lo que no puede seguir postergándose.
@JErnestoMadrid
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
En un episodio más de esta diplomacia tóxica que cruza la frontera a la velocidad de un tuit, Donald Trump dejó caer una frase que retumbó en México como un portazo geopolítico: “No estoy contento con México”.
La molestia, según él, se debe a la ineficacia del gobierno mexicano frente al crimen organizado. Pero entre líneas —y Trump nunca ha sido un maestro del disimulo—, la frase dejó un eco más profundo: Estados Unidos sabe dónde están los líderes del narcotráfico… y algunos no están en cuarteles clandestinos, sino en posiciones de poder político.
Ernesto Madrid
Porque Trump no solo dijo que podía enviar tropas. No solo aseguró que conoce rutas, casas, puertas y rostros. También deslizó la frase que más incomodó en Palacio Nacional:
“Sabemos todo de cada uno de ellos.”
Cada uno de ellos.
La ambigüedad no es inocente.
La insinuación que nadie en Palacio quiere escuchar
Cuando Trump afirma que “sabe dónde viven” y que “lo sabe todo”, no se refiere únicamente a los capos visibles. En inteligencia, lo que más pesa no es la captura del sicario, sino la identificación de quien lo protege. Y el expresidente estadounidense ha utilizado esta línea varias veces: sugerir complicidades al más alto nivel en México sin nombrar a nadie, dejando que la sospecha flote como un misil sin destino preciso.
Según fuentes diplomáticas consultadas por analistas en Washington —y citadas en reportes de think tanks como el Wilson Center y el International Crisis Group—, la inteligencia estadounidense ha expresado desde hace años preocupación por la infiltración del crimen en estructuras políticas mexicanas, especialmente en gobiernos locales emanados de Morena en zonas de alta conflictividad. No lo dicen públicamente porque “no rompe relaciones”, pero sí lo insinúan por canales discretos.
Trump, sin embargo, no usa canales discretos. Usa micrófonos.
Entre amenazas militares y diplomacia de negación
Mientras tanto, en México, el gobierno responde con el mismo libreto:
Sheinbaum repitió el mantra de la soberanía: “Nuestro territorio es inviolable.” “No aceptamos intervención extranjera.” “Ellos entendieron.” Pero lo que no respondió fue lo que sí queda en el aire:
¿Entendieron realmente? ¿O entendieron que México no quiere ni puede tocar a ciertos personajes que la inteligencia estadounidense sí tiene identificados?
Porque es evidente: Trump habla como si alguien en México estuviera protegiendo a los jefes reales. Y el gobierno responde como si la frase no existiera. Caos interno, narrativa externa
La protesta juvenil —la primera marcha masiva contra Sheinbaum— fue descalificada como “campaña internacional”, justo cuando Trump decía estar atento a lo ocurrido en México. La narrativa oficial se refugia en conspiraciones cuando la realidad es más cruda:
Es ahí donde las palabras de Trump resuenan: “No estoy contento con México”.
“Es como una guerra”. “Yo estaría dispuesto a hacerlo”. “Sabemos dónde viven”.
Lo que realmente está en juego
No es solo una amenaza militar. Es algo peor: Es una advertencia política.
Trump sugiere que Estados Unidos sabe más de lo que México admite. Que la corrupción no solo está en los cárteles, sino en quienes deberían combatirlos. Que la impunidad tiene nombres y apellidos. Que la transformación tiene grietas donde caben pactos incómodos.
Y que, si México no actúa, Estados Unidos podría hacerlo a su manera.
La relación bilateral continuará tensa, y la retórica seguirá escalando. El riesgo es claro: la soberanía no se pierde cuando se niega una intervención militar, sino cuando un gobierno deja de combatir a los responsables reales del crimen.
Ahí está el núcleo del conflicto: Trump insinúa que sabe quiénes son.
Y México insiste en que no los ve. Mientras Marco Rubio apacigua el terreno.
@JErnestoMadrid
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
En una jugada que los bancos mexicanos describen como “inesperada” —y que los usuarios describen como “por fin”— la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) aprobó una jurisprudencia que cambia la regla más cómoda del sistema financiero: ya no será suficiente culpar al cliente ausente para validar un cargo no reconocido.
Ernesto Madrid
Ahora, cada institución deberá demostrar, con documentos verificables y procesos confiables, que fue el usuario quien autorizó cada transacción. En otras palabras, aquello que en cualquier país sería lo mínimo indispensable.
La resolución, impulsada por el ministro presidente Hugo Aguilar, tomó por sorpresa a la banca, que no fue convocada a tiempo para presentar sus argumentos. Una tragedia procesal que, al parecer, les dolió más que los miles de quejas por cargos indebidos que acumulan desde hace años.
La Corte eliminó la figura de la “confesión ficta”, ese mecanismo que convertía la ausencia del usuario en el juicio en una especie de firma involuntaria. Con el nuevo criterio, los bancos deberán acreditar que sus sistemas funcionaron correctamente, que los pasos de autorización se siguieron como marca el contrato y que la operación puede rastrearse sin sombras técnicas. Solo entonces el cliente deberá probar que no realizó el cargo.
La medida llega en un momento especialmente sensible para el sector: mientras Estados Unidos presiona por casos de presunto lavado de dinero, en México la banca enfrenta otra tormenta regulatoria —entre ellas, la propuesta del Banco de México (Banxico) y la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) para topar comisiones en tarjetas— que, según la Asociación de Bancos de México, amenaza con “restringir el crédito” y “frenar la inclusión financiera”. Sí, los mismos bancos que durante años han defendido comisiones de hasta más del doble de lo que proponen hoy las autoridades.
Según análisis como el de Miranda Partners, las instituciones ya anticipan que recuperarán sus pérdidas por otras vías: más comisiones, menos recompensas y créditos más caros. Una estrategia tan vieja como el propio sistema bancario: si la regulación aprieta, la banca aprieta al usuario.
Mientras tanto, la SCJN insiste en que la nueva jurisprudencia busca un equilibrio básico: que los clientes dejen de estar en desventaja frente a instituciones con recursos ilimitados, abogados de tiempo completo y sistemas que —cuando conviene— siempre funcionan a la perfección.
La decisión marca un precedente obligatorio para los tribunales del país y podría complicar a los bancos ganar juicios por cargos no reconocidos como antes. Para los usuarios, en cambio, representa un respiro: ya no serán interrogados como sospechosos por cargos que no hicieron.
En un giro curioso, la banca asegura que estas medidas contradicen el plan del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum para impulsar la digitalización y la penetración financiera. Una lectura peculiar de los tiempos: proteger al usuario, al parecer, sería contrario al progreso.
Así, entre nuevos topes a comisiones, pérdida de deducibilidad de cuotas al IPAB y más controles regulatorios en puerta, el gremio financiero vive días difíciles. Los usuarios, por primera vez en mucho tiempo, no tanto.
Porque en la guerra declarada por la Corte, el mensaje es simple: si vas a cobrar, primero demuestra. Y eso, para ciertos actores, parece ser pedir demasiado.
Faltan más regulaciones para la banca como el hecho de que sean ellos los que determinan sus lineamientos en contra del usuario y mayores controles en los cheques que reciben para ‘salvo buen cobro’ donde protegen más a los ‘defraudadores’ y ‘rateros’ que, a los usuarios, lo que deja entrever la sospecha de la complicidad, pero quizás, ya vendrá nuevas reglas para quienes siempre quieren ganar antes de perder.
@JErnestoMadrid
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
México amanece cada día con una certeza incómoda: la violencia no da tregua y la extorsión se ha convertido en el negocio más estable del país. No lo dice la oposición, ni algún opinador catastrofista: lo afirma la Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX), el organismo que agrupa a los empresarios de más de cien ciudades del país. En un país donde la violencia se dosifica por semana y los discursos oficiales por hora, las cifras empresariales son una llamada de emergencia, no de atención.
Ernesto Madrid
Desde Tijuana —símbolo de resiliencia, frontera de oportunidades y espejo de urgencias— los 71 presidentes empresariales levantaron la voz para decir lo que el Estado parece empeñado en no escuchar: la extorsión es hoy el delito que sostiene a miles de criminales y arrodilla a miles de empresarios.
No es metáfora. Es un diagnóstico:
– 8,585 víctimas de extorsión en lo que va del año, un incremento del 5.2%.
– En los 43 municipios fronterizos, donde supuestamente hay más vigilancia, el delito creció 15.2%. Y eso sin contar la “cifra negra”: miles que no denuncian por miedo a represalias o por sospecha —cada vez menos velada— de colusión entre autoridades y delincuencia.
El mensaje empresarial es claro: la extorsión dejó de ser un delito marginal para convertirse en un sistema paralelo de gobierno, uno que decide quién abre, quién cierra, quién invierte y quién abandona su hogar. Un sistema que está vaciando comunidades enteras y ahorcando a las MiPyMEs, ese “motor de México” que los discursos oficiales presumen, pero no protegen.
Ejemplo reciente y doloroso: el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, cuyo impacto social desbordó regiones y profesiones. Un recordatorio de que la impunidad no es una estadística: es un mensaje.
COPARMEX no se quedó en el diagnóstico; lanzó un ultimátum elegante, pero ultimátum al fin:
– Al Gobierno Federal, le exige una estrategia nacional contra la extorsión, de Estado, no de partido.
– A los congresos locales, les pide armonizar leyes y presupuestos para enfrentar un delito que ya es plague económica.
Fue también una advertencia: sin seguridad no hay convivencia, ni economía, ni país posible. Y sin Estado, la extorsión seguirá succionando la vida de comunidades completas.
La COPARMEX promete hacer su parte: diagnósticos territoriales, mapas de riesgo, pactos por la paz, apoyo a víctimas, redes de denuncia segura y mecanismos para reconstruir el tejido social que el crimen deshace y que el gobierno —por omisión— permite deshilachar.
Pero la frase de fondo, la que debería incomodar en Palacio Nacional, fue otra:
“No vamos a normalizar el miedo ni aceptar la renuncia del Estado a su función esencial”.
En tiempos donde se presume que “vamos bien” y que “el pueblo está más seguro que nunca”, los patrones del país responden con una narrativa más cruda: México no está condenado, pero sí está esperando. Y lo que espera es acción, no conferencias.
Un país cansado de vivir con miedo ya habló. Falta ver si alguien en el poder tiene la cortesía —o la responsabilidad— de escuchar.
@JErnestoMadrid
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
El Zócalo se convirtió ahora en el espejo incómodo del gobierno. Lo que comenzó como una protesta convocada por jóvenes derivó en un episodio que exhibió, por un lado, la irritación del gobierno federal y, por el otro, la persistencia de viejas prácticas políticas que sobreviven bajo nuevas siglas.
Ernesto Madrid
La presidenta Claudia Sheinbaum reaccionó condenando la violencia, atribuyéndola a “caras muy conocidas” de la Marea Rosa y asegurando que no se dejará intimidar: “¿Creen que me van a debilitar? ¡No! Aquí estamos fuertes con el pueblo”. Lo que omitió fue el despliegue policial y la actuación de grupos que, desde hace años, operan en las sombras del oficialismo capitalino: células organizadas cuya logística —según reportes de seguridad— ha estado vinculada a personajes como César Cravioto y Martí Batres que actuaron nuevamente el sábado.
El diseño del operativo tampoco fue casual. La línea dura que históricamente nació en Iztapalapa durante los años del PRD —territorio donde Clara Brugada construyó una base social robusta, disciplinada y útil para el proyecto político que hoy gobierna— reapareció en la capital. Aquella estructura, que transitó sin pudor de la izquierda perredista a Morena, volvió a demostrar que su capacidad de movilización incluye tanto porras como golpes, según se requiera.
El joven convocante de la marcha, Edson Andrade denunció que fue expuesto públicamente por la presidenta, responsabilizándola de cualquier represalia en “un país donde el crimen calla a quienes lo denuncian” y dejando en claro que la marcha fue para “toda la clase social”.
Su señalamiento también desnudó otra tensión: mientras Sheinbaum buscó asociar la protesta con políticos “de siempre”, como Guadalupe Acosta Naranjo y Fernando Belaunzarán, fueron precisamente esos perfiles los que el convocante pidió que se mantuvieran al margen; los mismos que hoy intentan regresar al ruedo para vivir nuevamente del presupuesto público.
La dirigencia de Morena, Luisa María Alcalde, insistió en que la marcha no fue juvenil y que apenas reunió 17 mil asistentes. Una comparación cómoda para un movimiento que presume llenar el Zócalo con cifras que oscilan entre los 3 y los 19 millones de pesos en gastos de organización según la Plataforma Nacional de Transparencia más esos 600 a 900 pesos que reparte en los mítines según fuentes periodísticas. Pero la magnitud del sábado no se midió en cuerpos, sino en señales: el gobierno no previó la intensidad, ni la respuesta internacional que siguió.
En las calles, el resultado fue evidente. Hubo choques a un costado de la Catedral, cohetones frente a Palacio Nacional y vallas derribadas que derivaron en jóvenes gaseados y policías heridos. Para la presidenta, aquello sirvió como argumento para deslegitimar la protesta y culpar al pasado de Peña y Calderón; para los manifestantes, fue la confirmación de que el discurso oficial de que “ya no hay granaderos” es cada vez menos creíble.
La tensión ocurre en un contexto en el que, pese a la reducción de homicidios que presume el gobierno, las cifras del Inegi muestran que una de cada cinco víctimas tiene entre 15 y 24 años. Ese fue el verdadero motor de la protesta: la seguridad que no llega, las promesas que se desgastan y los escándalos de corrupción e impunidad que se acumulan entre figuras cercanas al obradorismo.
El golpe al relato presidencial se amplificó fuera del país. Portadas y reportajes internacionales describieron la escena como una ruptura generacional. Incluso desde Estados Unidos, un mensaje atribuido a Barron Trump habló de “hartazgo” y “revuelta contra la corrupción”.
Sheinbaum, sin embargo, insistió en un mensaje que parece pensado para su base más fiel: la Pensiones del Bienestar y la revocación de mandato, dijo, es una bandera de la 4T y está dispuesta a someterse a ella. Lo que el sábado dejó claro es que habrá generaciones dispuestas a exigirle, no por lealtad partidista, sino por desencanto acumulado.
@JErnestoMadrid
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación decidió, por fin, cerrar uno de los litigios fiscales más largos y políticamente incómodos de los últimos años: el que obliga al Grupo Salinas a pagar casi 50 mil millones de pesos al SAT. Una cifra que, de tan voluminosa, podría financiar un par de refinerías o, cuando menos, un capítulo más en la saga del encono entre Palacio Nacional y la élite empresarial.
Ernesto Madrid
El conglomerado de Ricardo Salinas Pliego respondió como era de esperarse: con un comunicado solemne lleno de indignación cívica, derechos humanos lastimados y una sentencia que acusa a los ministros de la Corte de haber actuado “por instrucciones” de la presidenta Claudia Sheinbaum. Un reclamo que, al menos, mantiene viva una tradición: culpar al Ejecutivo de todo lo que no resuelva a favor del contribuyente.
“Un golpe fulminante al Estado de Derecho”, llamó la empresa al fallo. Una descripción dramática para referirse al simple acto de pagar impuestos… aunque, en justicia, lo de “simple” es un decir tratándose de más de 33 mil millones.
Del otro lado, Sheinbaum devolvió la pelota con la elegancia que permite un templete oficial. En pleno evento del ISSSTE en Tecámac, cuestionó que el conglomerado prefiera “pagar campañas en redes sociales” antes que saldar cuentas con Hacienda. Una línea que, para su audiencia, terminó en aplausos; para los analistas, en un recordatorio de que el pleito político-empresarial sigue en temporada alta.
La polémica, sin embargo, no surgió aislada. Llega justo cuando la presidenta atraviesa una semana particularmente sensible en términos simbólicos: el cumpleaños número 72 de Andrés Manuel López Obrador.
Mientras la SCJN resolvía el tema fiscal, Palenque se convertía en un desfile de familiares del exmandatario: hijos, nueras, camionetas tabasqueñas, todo perfectamente registrado por las cámaras de los medios regionales. Un festejo discreto… dentro de lo discretamente masivo que puede ser la reunión anual del líder moral de la 4T en su rancho “La Chingada”.
La presidenta, eso sí, ha sido clara: No asistirá al cumpleaños. No es esa la intención. Su viaje a Tabasco el próximo domingo es estrictamente para el Festival del Chocolate.
Una coincidencia geográfica que solo en México puede considerarse normal: viajar al estado natal de AMLO, a escasos kilómetros del rancho donde se congrega su círculo íntimo, justo el fin de semana del cumpleaños 72 del hombre al que Sheinbaum describe como “el dirigente político más importante de la historia moderna”, pero con quien —insiste— no tiene programado ningún encuentro.
Los críticos del gobierno, por supuesto, vieron en el timing la escena completa: una histórica multa fiscal para un rival político-mediático, una respuesta presidencial con dedicatoria, un cumpleaños simbólico y una visita estratégicamente cercana a Palenque. Pieza por pieza, un retrato que permite lecturas sobre la independencia institucional… y otras sobre la coreografía política del momento.
Detrás de todo, queda la incómoda pregunta:
¿Fue el fallo contra Grupo Salinas un acto de estricta justicia fiscal o parte del mismo espectáculo de presión y narrativa que ha caracterizado la relación entre gobierno y empresarios incómodos?
La respuesta —como el chocolate tabasqueño— dependerá de qué tan amargo prefiera cada quien su versión de los hechos.
@JErnestoMadrid
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
En la diplomacia, como en la política doméstica, el silencio suele decir más que la palabra. Y cuando desde Estados Unidos aseguran que en México existen regiones “controladas y gobernadas” por cárteles más poderosos que las policías locales e incluso que las fuerzas federales, la reacción del gobierno mexicano no es indignación… sino distracción. Arte nacional desde tiempos memorables.
Ernesto Madrid
El secretario de Estado, Marco Rubio, quien desde el gélido Hamilton —en plena cumbre del G7, lejos del calor de la mañanera— recordó que los cárteles, esos invitados permanentes al festín de la impunidad mexicana, poseen “más armas, mejor inteligencia y mayor capacidad” que los propios Estados nación. No habló de metáforas: habló del asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Alberto Manzo, ultimado en plena celebración del Día de Muertos. Un símbolo cruel de lo que México ya normalizó.
Rubio insistió en que Washington no planea enviar tropas ni emprender medidas unilaterales. Desde la Casa Blanca saben que lo último que necesita México es otro pretexto para acusar injerencia extranjera. Pero sí dejó sobre la mesa algo más incómodo: la afirmación de que el problema es tan grande que amenaza la viabilidad misma del Estado mexicano.
Y mientras el republicano articulaba una de las advertencias más frontales en años, la administración mexicana afinaba su respuesta maestra: un nuevo distractor.
La presidenta Claudia Sheinbaum dedicó su última intervención pública no a responder sobre zonas del país dominadas por el crimen organizado, ni a la cadena de asesinatos políticos, ni al avance internacional del lavado de dinero. No. Su prioridad fue denunciar una “campaña tremenda” en redes sociales —con bots, por supuesto— que busca, según dijo, crear la percepción de descontento social.
Que un fallo de la Suprema Corte obligue al Grupo Salinas a pagar 33 mil millones de pesos no parece tan grave como los 90 millones de pesos que, afirma la mandataria, se habrían destinado a atacar a su gobierno en redes. Una magistral forma de convertir un conflicto fiscal en una conspiración digital. Pan y circo; pero ahora con algoritmos.
Mientras tanto, en Washington, el Departamento del Tesoro y la OFAC anunciaron un golpe conjunto contra el Grupo de Crimen Organizado Hysa, una red albanesa que lavaba dinero para el Cártel de Sinaloa mediante restaurantes, casinos y empresas en México. Una operación que evidencia tres cosas:
El subsecretario John K. Hurley advirtió que “los que apoyen a los cárteles rendirán cuentas”. En México, por contraste, rendir cuentas suele significar rendir declaraciones… en conferencias de prensa.
Mientras tanto en la feria del libro en Culiacán —extraño lugar para hablar de transparencia política— sirvió para que el gobernador Rubén Rocha Moya revelara un capítulo que ya se sospechaba: encuestas de Morena donde él no ganaba eran suspendidas por orden presidencial. No por inconsistencias, sino por el desconcierto del propio Andrés Manuel López Obrador al ver que, contra toda expectativa, Rocha sí encabezaba la intención de voto.
Un destello de sinceridad política que confirma lo que muchos sabían: en Morena, la democracia interna es más literaria que cuantificable. Pero, como siempre, el relato funciona de cortina de humo para un señalamiento mayor: el mismo partido que presume pureza moral fue señalado durante años por encubrir la expansión del crimen organizado bajo el amparo de los abrazos y el desdén operativo.
El gobierno mexicano despliega con maestría su estrategia favorita: ahogar las discusiones relevantes con un océano de anécdotas políticas, pleitos fiscales, bots imaginarios y confesiones tardías. Pero los hechos persisten:
El problema no es que Estados Unidos hable de terrorismo: es que México no habla de responsabilidad. Y mientras los distractores sigan siendo más ruidosos que los datos, las acusaciones jamás escalarán hasta quienes durante dos sexenios dieron cobijo político, operativo y financiero al crimen organizado.
Porque en México, el narco manda en territorios; el gobierno, en la narrativa.
Y en esa balanza desigual, siempre gana el silencio.
@JErnestoMadrid
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
La encuesta de El Financiero de octubre trajo un dato que el oficialismo celebra como medalla: 70% de aprobación para Claudia Sheinbaum, en un mes en que el país parecía hundirse —literalmente— bajo el agua. Pero entre tanto aplauso hay una grieta que preocupa: la Generación Z, ese grupo nacido entre 1997 y 2012 que creció entre pantallas, crisis y escepticismo, no está tan convencida.
Ernesto Madrid
Según Alejandro Moreno, director de encuestas del diario, solo 66% de los Gen Z aprueban el trabajo presidencial, frente al 73% de los millennials. Y lo más delicado: 69% reprueba la estrategia de seguridad. No es para menos: la violencia no descansa, y los asesinatos del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, y del líder limonero Bernardo Bravo son recordatorios de que el crimen sigue mandando en amplias zonas del país y los jóvenes los más afectados por el crimen organzado.
Moreno añade que esta generación “cree que las inundaciones pudieron prevenirse” y exige resultados tangibles, no promesas recicladas. Pero también observa que los jóvenes muestran poco interés en la política tradicional, quizá porque la política se muestra poco interesada en ellos.
En ese clima de desconfianza, Sheinbaum se refirió con cierto desdén a los “chavorrucos” que —según dijo— buscan montarse en la convocatoria juvenil para protestar. “Los jóvenes tienen derecho a manifestarse, pero esto ya se convirtió en una manifestación de la oposición”, aseguró desde la mañanera. Lo que no dijo es que ella, como su jefe político, siente una profunda aversión por las protestas en su contra: prefiere no verlas ni oírlas, aunque el eco de los tambores se cuele por las ventanas de Palacio Nacional.
Por eso, las vallas metálicas vuelven a abrazar el corazón de la capital. Sheinbaum asegura que son “para proteger vidas”, pero la experiencia indica que protegen más los muros que las libertades, en un Palacio Nacional que antes estaba abierto a las y los mexicanos. El argumento de los “bloques negros” se repite, aunque desde hace años se sabe que varios de esos contingentes han sido financiados por funcionarios del propio régimen, no para sabotear las marchas, sino para generar caos, provocar enfrentamientos y sacar raja política de la desestabilización.
A ello se suma un ingrediente viejo con sabor a maniobra: la CNTE, incondicional aliada del lopezobradorismo, decidió salir a las calles justo ahora, algo inédito para noviembre. Normalmente el magisterio disidente inicia su ciclo de movilizaciones a comienzos de año, calienta motores y culmina el 15 de mayo, Día del Maestro, tras la clásica rutina de negociación, presión y receso. Esta vez, en cambio, el plantón coincide con la protesta juvenil. Casualidad o no, parece una jugada táctica para ocupar el Zócalo antes que los jóvenes, o, en el peor de los casos, servir como grupo de contención adicional.
Dentro del oficialismo, el guion ya está escrito: culpar a la derecha internacional. Desde Palacio Nacional señalan al argentino Fernando Cerimedo —ex estratega digital de Javier Milei— como supuesto instigador de la marcha. No hay pruebas, solo la conveniencia de alimentar el relato de un enemigo externo.
En este ambiente de polarización atizado por la propia presidenta, todo puede suceder. Porque la Generación Z no pide permiso: desafía, se burla y se organiza sin estructuras ni padrinos.
La Generación Z, mientras tanto, parece tener su propio código: creen en la diversidad, la autonomía y el derecho a la irreverencia. En otros países, tumbaron gobiernos (Nepal, Madagascar) o incendiaron las calles (Indonesia, Filipinas). En México, su rebelión podría empezar con memes, pero podría incomodar más de lo que el poder imagina.
Y tal vez por eso, más que a los jóvenes, Sheinbaum teme a lo que representan: una generación que no necesita líderes, ni discursos de plaza, ni permiso para dudar. Porque en el fondo, los verdaderos “chavorrucos” no son los que marchan con los jóvenes… sino los que insisten en creer que aún pueden controlarlos.
@JErnestoMadrid
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.