- Entre una economía que sobrevive, una banca en máximos históricos y un gasto social intocable, el gobierno apuesta a sostener transferencias más que a detonar productividad, en un país que lleva años repartiendo sin crecer.
México cerró 2025 con un crecimiento de 0.7%. No es recesión, pero tampoco es avance. En términos históricos, es el desempeño más débil desde 2020 y confirma una tendencia que ya no puede explicarse como un bache coyuntural: la economía mexicana lleva al menos siete años instalada en una meseta de bajo crecimiento.
Ernesto Madrid
De acuerdo con la Estimación Oportuna del PIB del INEGI, el cuarto trimestre de 2025 registró un avance de 0.8% trimestral, por encima del consenso de los analistas. A tasa anual, el crecimiento fue de 1.6% en ese periodo. Sin embargo, el dato acumulado del año quedó muy por debajo del 1.4% observado en 2024 y confirma que el país opera lejos de la meta oficial de un crecimiento sostenido de 4.5%.
El promedio anual del PIB entre 2019 y 2025 fue inferior al 1%, según el propio INEGI. La Cepal colocó a México con un crecimiento cercano a 0.4% en 2025, muy por debajo del promedio latinoamericano de 2.4%. El contraste es claro: la economía no se contrae, pero tampoco genera la expansión suficiente para elevar productividad, empleo formal y bienestar de largo plazo.
El principal foco de debilidad se ubica en las actividades secundarias. En 2025 se contrajeron 1.1% frente a 2024 y apenas crecieron 0.3% respecto al cuarto trimestre. El dato es relevante porque ahí se concentra la manufactura, el sector más grande de la economía mexicana, equivalente a 21.5% del PIB.
La inversión acumula 14 caídas anuales consecutivas, en un entorno marcado por incertidumbre interna y externa y por la contracción del gasto público. El deterioro de expectativas es visible: la Encuesta de Especialistas del Banco de México redujo la previsión de crecimiento para 2026 de 1.37% a 1.15%. Aun los escenarios más optimistas anticipan una recuperación moderada de 1.6%, lo que implicaría tres años consecutivos por debajo del promedio de 1.9% observado entre 2000 y 2018.
Durante el cuarto trimestre de 2025, el avance del PIB fue impulsado por servicios e industria, ambos con crecimientos de 0.9%, parcialmente compensados por una caída de 2.7% en el sector primario. El Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE) apenas avanzó 0.2% mensual en diciembre, reflejo de una economía que se mueve, pero sin tracción.
Mientras la economía real se desacelera, el sistema financiero vive su mejor momento. Entre enero y noviembre de 2025, la banca privada obtuvo utilidades por 278 mil millones de pesos, el mayor monto registrado para un periodo comparable, según la CNBV. Siete bancos —BBVA, Santander, Banamex, Banorte, HSBC, Scotiabank e Inbursa— concentraron 77% de esas ganancias.
La cartera total de crédito superó los 7.9 billones de pesos, con un crecimiento real de 3.4% anual. El crédito avanza; la economía no al mismo ritmo. Ese desfase explica la reunión convocada por la presidenta Claudia Sheinbaum con banqueros, Hacienda, Banco de México y reguladores financieros: el Plan México —la apuesta de infraestructura, energía y nearshoring— requiere financiamiento privado en un entorno donde la inversión pública es insuficiente.
El mensaje político fue directo: si la banca gana incluso con bajo crecimiento, el gobierno busca que ese dinamismo se traduzca en expansión productiva.
El margen de maniobra fiscal es estrecho. Las pensiones del Bienestar se mantienen como prioridad política y presupuestaria. Ajustar gasto social es inviable; subir impuestos resulta políticamente costoso; el endeudamiento tiene límites. El modelo económico se sostiene más en transferencias que en productividad.
El problema estructural no es nuevo: productividad estancada por más de dos décadas e informalidad cercana al 55% de la fuerza laboral. México trabaja mucho, pero produce poco valor agregado. El McKinsey Global Institute lo sintetizó: el país funciona como dos economías paralelas, una formal e integrada a cadenas globales y otra informal, fragmentada y de baja eficiencia.
Los datos regionales confirman la fractura. Con cifras al tercer trimestre de 2025, ninguna entidad superó un crecimiento anual de 4.5%. Baja California Sur, Colima y San Luis Potosí encabezaron el dinamismo con avances de 4.3%, 3.8% y 3.5%, respectivamente.
Pero las brechas son profundas. Nuevo León aportó 8.1% del PIB nacional en 2024 y creció 3.2% anual en el segundo trimestre de 2025. Oaxaca, en el mismo periodo, cayó 2.7%, con retrocesos en industria y servicios. El norte suma; el sur-sureste resta. El promedio nacional oculta una economía territorialmente fragmentada.
La revisión del T-MEC, la implementación de esquemas de desarrollo mixto y la expansión de energías renovables aparecen como piezas clave para reducir incertidumbre y atraer industrias de alto valor agregado. Sin capacidad eléctrica suficiente ni certidumbre regulatoria, el nearshoring corre el riesgo de convertirse en promesa más que en motor real.
La paradoja es conocida: sin crecimiento sostenido no hay política social que alcance. La estrategia actual privilegia estabilidad distributiva sobre expansión productiva. Es una decisión política comprensible en el corto plazo, pero económicamente limitada.
México no está en crisis abierta. Está en algo más silencioso: una normalización del estancamiento. Administrar esa inercia puede sostener gobernabilidad hoy, pero posterga la discusión de fondo: cómo pasar de una economía subsidiaria a una economía que crezca por sí misma. Porque repartir sin crecer, tarde o temprano, deja de ser política social y se convierte en aritmética imposible.
@JErnestoMadrid
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