- La revisión del acuerdo arranca bajo presión de Washington y con México buscando certidumbre; el verdadero pulso estará en la integración productiva y las concesiones implícitas.
La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) arranca esta semana en Washington en medio de una creciente incertidumbre que ya impacta decisiones de inversión y expectativas económicas en la región.
Aunque en apariencia se trata de un acuerdo comercial, el T-MEC es, en esencia, un mecanismo de integración productiva. Más que facilitar el intercambio de bienes, articula cadenas de valor regionales que han permitido que América del Norte funcione como una plataforma industrial altamente competitiva.
Ernesto Madrid
Desde su entrada en vigor en 2020, el tratado no solo ha sostenido el comercio trilateral, sino que lo ha profundizado. México, incluso, se consolidó como el principal socio comercial de Estados Unidos, impulsado tanto por las ventajas del acuerdo como por la reconfiguración global derivada de la guerra comercial entre Washington y China.
Sin embargo, la revisión que inicia esta semana anticipa tensiones relevantes. Los temas centrales estarán en las reglas de origen —especialmente en el sector automotriz—, la política industrial, el comercio digital, la energía y el cumplimiento laboral.
Del lado mexicano, la delegación encabezada por Marcelo Ebrard llegará con un objetivo claro: preservar el tratado y mantener el acceso preferencial al mercado estadounidense, donde se concentra la mayor parte de las exportaciones nacionales. Actualmente, cerca del 85% del comercio bilateral se realiza sin aranceles.
Pero el margen de maniobra no es amplio. Estados Unidos, representado por Jamieson Greer —con amplia experiencia en la negociación original del acuerdo—, llega con ventaja estratégica: conoce el tratado a fondo y entiende la urgencia mexicana por reducir la incertidumbre.
Esa asimetría marcará el tono de la negociación. Washington podría insistir en elevar el contenido regional para fortalecer su política industrial, una medida que, si bien busca consolidar la producción en la región, también podría encarecer costos y restar competitividad a industrias clave instaladas en México.
Además, no se descarta que Estados Unidos amplíe el espectro de presión incorporando temas ajenos al ámbito comercial, como migración o seguridad, una práctica recurrente en su estrategia negociadora.
Frente a este escenario, México enfrenta un dilema de fondo: definir hasta dónde está dispuesto a ceder para preservar un acuerdo que ha sido fundamental para su crecimiento exportador.
El riesgo no es menor. Una revisión que derive en mayores restricciones podría debilitar la eficiencia de las cadenas productivas regionales. Pero la ausencia de acuerdos también tendría costos, al prolongar la incertidumbre que hoy ya actúa como freno para nuevas inversiones.
La negociación del T-MEC no será únicamente técnica ni comercial. Será, sobre todo, un ejercicio de poder donde la integración económica se cruza con intereses políticos.
Y en ese terreno, la prisa también negocia.
@JErnestoMadrid
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