- Arriaga cae, Delgado avanza y Sheinbaum reordena al obradorismo duro mientras la Nueva Escuela Mexicana queda atrapada entre ideología y cálculo electoral.
La salida de Marx Arriaga de la Dirección General de Materiales Educativos no fue un simple relevo administrativo. Fue un movimiento quirúrgico dentro del poder.
El anuncio lo hizo Mario Delgado: Nadia López García asumirá el control de los contenidos educativos en la Secretaría de Educación Pública. Delgado la presentó como pedagoga, poeta indígena y activista cultural. El envoltorio simbólico perfecto para una decisión que tiene más de cálculo político que de reforma pedagógica.
Ernesto Madrid
Desde Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum intentó apagar el incendio: “los libros no son patrimonio de una persona”, dijo, mientras aseguraba que no pasa nada porque “a nosotros nos puso el pueblo”. Reconoció que Arriaga se negó a aceptar modificaciones —especialmente la incorporación de mujeres a la historia— y que por eso se le ofrecieron otras salidas, incluso un consulado.
Arriaga sostiene lo contrario. Afirma que sí estaba de acuerdo y que todo es una conspiración del neoliberalismo infiltrado en la 4T para revertir su proyecto doctrinario. Rechazó destinos diplomáticos y terminó atrincherado en su oficina, llamando a una rebelión magisterial.
La caída del funcionario no se explica sin su pertenencia al ala más dura del movimiento ni sin el respaldo histórico de Beatriz Gutiérrez Müller, quien impulsó su llegada durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Arriaga era parte del núcleo ideológico que convirtió los libros de texto en herramienta de militancia.
En la misma semana, otro rostro del obradorismo radical, Jesús Ramírez Cuevas, fue exhibido desde dentro del propio régimen. No fueron la oposición ni la derecha quienes golpearon: fue el mismo movimiento.
Todo indica que, lo que está ocurriendo es una purga silenciosa. Un reacomodo interno que busca sacudirse perfiles incómodos mientras se aproxima un escenario electoral adverso para Morena. Delgado, más que secretario de Educación, opera hoy como operador político. Su condición para aceptar esa tarea fue clara: Arriaga debía salir.
Y salió.
Los libros fueron el vehículo, no el motivo. Porque, como ya dejó claro Sheinbaum, nada sustantivo cambiará: ni la pedagogía militante, ni las omisiones históricas, ni el rezago educativo. La decisión no apuntó a mejorar el aprendizaje, sino a mover fichas.
Aunque la presidenta repita su cercanía con López Obrador, en los hechos ha comenzado a marcar distancia de ciertas herencias del pasado inmediato. No por convicción ideológica, sino por necesidad política y presión internacional.
Así, la pomposa Nueva Escuela Mexicana queda reducida a lo que siempre fue: un proyecto doctrinario reciclado como instrumento de control interno.
Y mientras desde la tribuna se insiste en que “no pasa nada”, la realidad es otra: el movimiento empezó a devorarse a los suyos.
@JErnestoMadrid
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